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Mi Santa Trinidad: Espiritualidad, Danza y Resistencia


Mi ensayo es una reflexión sobre la espiritualidad, la negritud, la sensualidad, y la resistencia espiritual anti-colonial en el contexto de la migración de mi familia desde Cuba hacia la Republica Dominicana a inicios del presente siglo. Es, a la vez, una crítica a la hegemonía católica en Republica Dominicana, la cual no permite una expresión total y libre de otras espiritualidades, sobre todo aquellas de origen africano. En el texto, abordo los retos que mi familia ha enfrentado al expresar nuestra espiritualidad, sobre todo en el contexto Dominicano. También comparto algunas descripciones de las practicas espirituales de mi familia, las cuales siguen una linea matriarcal y son esencialmente eróticas, ecológicas, y rítmicas. Comparto, además, donde resisten y persisten espiritualidades similares en la República Dominicana.



Quien emigra enfrenta con dolor la realidad de tener que despojarse de muchas cosas, tangibles e intangibles. Unas son las cosas que, por obligación o por hacer el viaje más ligero,  debemos dejar antes de partir. Otras, son las que, sin esperarlo, se abandonan al llegar. 


La vida espiritual pública fue una de esas cosas a las que mi familia tuvo que renunciar cuando nos mudamos de Cuba a la República Dominicana a inicios de siglo. Aunque cubanos y dominicanos compartimos una historia similar, con dinámicas sociales profundamente marcadas por la colonización, el desarrollo de la vida espiritual de cada pueblo tomó un curso distinto. 


En Cuba la espiritualidad se baila, se canta y se encarna en el toque del tambor y la maraca, reproduciendo ritmos esenciales a todo ser vivo: el latir del corazón, el pulso de la tierra. La espiritualidad es una conversación continua entre el pasado, el presente y el futuro. De manera que estas prácticas sensuales, rítmicas y extáticas colectivas se convierten en el escenario perfecto para que se produzcan conversaciones entre lo visible y lo invisible; entre los vivos y los muertos. Los danzantes y los músicos, entonces, cumplen un rol esencial en la espiritualidad porque abren el portal para que suceda esa conexión. Los músicos crean las condiciones rítmicas y los danzantes conectan a los presentes con la divinidad, sea a través de movimientos que cuentan historias de las deidades, o encarnando la deidad misma y permitiéndole así traer mensajes del mundo invisible. 


En la tradición espiritual afrocubana, en la que están presentes, casi intactos, elementos de la religión yoruba, cada orisha tiene una danza característica y, asimismo, representa un elemento específico del mundo natural, como el mar, el río, el viento y la tierra. Esta es la espiritualidad con la que crecí en mi hogar. Profundamente sensual, rítmica, intuitiva, creativa y natural. Profundamente negra y matriarcal, liderada por las mujeres de mi familia. Una espiritualidad de pies descalzos en la tierra, de baños de limpieza energética con hierbas, agua de mar y de río. De fiestas musicales con altares públicos, donde todos son bienvenidos y donde abundan la comida, el baile y el gozo. A través de cada ritual, aprendí algo esencial: la inseparabilidad de lo erótico, lo ecológico y lo espiritual. 


En mi hogar se hablaba de Elegguá, Yemayá y Oshún, se decía “aché”, se teían altares, se rodaba un coco en la casa para recoger la mala energía y se despojaba con hierbas para alejar la “mala vista”. Todas las fiestas de fin de año terminaban con la canción dedicada a los orishas, “Y qué tú quieres que te den”, de Adalberto Álvarez, que se bailaba con alegría y pasión por todos los cubanos presentes, independientemente de su raza, ideología o creencia. Cada vez que había que resolver algún problema, mi abuela se paraba frente al mar con sus brazos abiertos, en una mano una maraca, en la otra un melón, y en sus labios una plegaria a Yemayá, por su guía, bendición y misericordia. En esta espiritualidad, crecí yo. No obstante, a temprana edad, me tocó aprender que estas expresiones que con tanta libertad disfrutábamos y compartíamos en Cuba solo eran aceptables y seguras dentro de las cuatro paredes de nuestras casas en Santo Domingo.


A woman in a blue shirt and white pants stands on a rocky cliff overlooking the sea and holding a religious instrument above her head with her right hand.
Mi abuela materna, Isis, orando a Yemayá frente al mar: Santo Domingo, R.D., circa 2002.

Al mudarnos a la República Dominicana, nos encontramos con un panorama espiritual totalmente colonial, eurocéntrico, dominado por la Iglesia católica. Fuera de casa, mis padres me prohibieron hablar de nuestra vida espiritual porque sabían que no sería entendida, mucho menos bien percibida. Sabían que manifestaciones sincréticas afrodominicanas como las fiestas de palo, el gagá, las salves, el vudú dominicano, entre otras expresiones, eran demonizadas por la predominante y estricta población cristiana y hasta amenazadas con prohibición permanente por parte de autoridades estatales y religiosas. 


Con el objetivo de “facilitarme la vida” y de que me integrara con mayor naturalidad a la sociedad dominicana, mi mamá me llevaba todos los domingos a una iglesia católica cercana. En la escuela, memoricé todas las versiones de oraciones cristianas que se recitaban en el acto a la bandera, participé en la catequesis, leí pasajes bíblicos con perfecta dicción en las misas escolares y participé activamente en las clases obligatorias de “religión”, o más bien cristianismo. 


El día de mi primera comunión, más que paz, sentí ansiedad por la posibilidad de cometer algún error en toda aquella estructura litúrgica. Recuerdo la severidad con la cual la catequista nos miró al decir “Cuando tengan la hostia en su boca, recuerden que es el cuerpo de Cristo. ¡No la mastiquen! Pues es una ofensa para Jesús.” Yo tenía diez años y simplemente no podía entender que una entidad supuestamente tan poderosa como Jesús pudiera tener un ego tan frágil como para sentirse ofendido porque una niña de diez años masticara una fina masa de pan. 


También recuerdo el día de mi confesión con un sacerdote antes del sacramento de la confirmación. En mi escuela prepararon una oficina donde el padre esperaría a los veintitantos alumnos, listos para confesar sus pecados. Al llegar mi turno, caminé sudorosa hacia la oficina pensando en mis posibles pecados. “¿Será que masturbarse es un pecado?”, pensé. Me senté frente a frente con el sacerdote, lo miré a los ojos y no supe qué decir. Simplemente no entendía por qué una niña de dieciséis años tenía que confesar sus acciones o pensamientos —de la naturaleza que fueran— a un hombre de algunos ochenta años que no había visto antes en su vida. 


A young Elianys receives communion from a priest
Mi Primera Comunión, Santo Domingo, R.D. 2006

Recuerdo perfectamente mi incomodidad con esa espiritualidad rígida, guionada, ensayada, jerárquica y patriarcal. Una espiritualidad obediente y sumisa, casta y recatada, que guarda la compostura, que se sienta en opulentas catedrales, construidas por mano esclava. Una espiritualidad “bien vestida”, con zapatos lustrados y pies que nunca tocan la tierra. Una espiritualidad despojada de erotismo. 


¿Y qué es el lo erótico sino energía creativa; energía de vida? No es sorpresa entonces que esta espiritualidad colonial ampute esta conexión fundamental a través del castigo de lo erótico y, por tanto, de la mujer como encarnación de poder y fuerza posibilitadora de la vida. Porque lo colonial siempre ha llevado consigo la destrucción y la extracción de la energía vital. Y a la vez, tampoco debe sorprender que las espiritualidades eróticas, profundamente conectadas con todo aquello que sostiene la vida, hayan podido resistir y persistir a pesar de la violencia colonial. 


Estas resistencias y persistencias espirituales en la República Dominicana sobreviven en lugares como Sainaguá, San Cristóbal, donde cada año la comunidad celebra con orgullo y emoción el festival de atabales, promoviendo el folclor y la espiritualidad afrodominicana. También permanecen en Mata Los Indios, Villa Mella, donde guardianas culturales como Enerolisa Núñez y su grupo de salves, así como la Cofradía de los Congos del Espíritu Santo, entonan cantos espirituales sincréticos cuyas líricas tejen alabanzas a santos católicos y a espíritus llamados luases, muchos de ellos derivados de deidades africanas. Acompañados de percusión de origen africano, estos cantos de llamada y respuesta invitan tanto a la celebración como al duelo. Por ejemplo, en la canción “La Muerte de Martín”, a la par del coro se perciben sollozos, recordándonos que el baile y el llanto pueden coexistir y que ambos son de las expresiones humanas más liberadoras y sinceras.


Y como el lado oprimido de la historia siempre encuentra la manera de resistirse a ser borrado, a veces emerge de las formas más curiosas. Es así como, en varias ocasiones, percibí que ese catolicismo dominicano aparentemente intacto tenía muchas grietas, revelando las inevitables contradicciones de una sociedad colonizada. A menudo, visitaba hogares con una Biblia abierta en la credenza y una planta de aloe invertida colgando detrás de la puerta; teníamos amigos católicos devotos que viajaban en secreto a Cuba para consultar a sacerdotes yoruba — llamados babalawos. También conocí a personas que no querían ser vistas en una fiesta de palos, pero no podían resistirse a abandonarse en el vibrante éxtasis de los atabales. 


En mi vida adulta, he tenido el placer de presenciar el surgimiento de nuevos movimientos que intentan rescatar, preservar y normalizar las tradiciones espirituales de origen africano y taíno en la República Dominicana. Eso me da esperanza.Y desde mi quehacer, contribuyo como puedo a estas resistencias a través de la danza y la educación.


A room of dancers with their backs facing the cameras in the midst of a routine
Elianys compartiendo una clase de danza de Palo o Atabales. Canadá. 2025

Mi abuela siempre me ha dicho: “Tú eres hija de Yemayá, igual que yo. Cada vez que vayas al mar, pídele”. Ella siempre ha soñado con dedicarle una fiesta pública a Yemayá a orillas del mar en Santo Domingo, como solía hacerlo en Cuba. Sin embargo, mi familia siempre ha temido la reacción de la gente. Yo no sé si mi abuela vivirá para hacer su fiesta, pero el día que una “fiesta de santo” en un espacio público sea respetada y celebrada de la misma forma que una misa católica, ese será, para mí, el día del verdadero cambio. 


Por las mujeres de mi familia que me iniciaron en este camino espiritual y terrenal. Por las que han mantenido vivos legados espirituales históricamente oprimidos. Por las que aún viven en jaulas patriarcales, sin libertad de explorar su propia espiritualidad. Por las que seguimos resistiendo a pura danza, canto y corazón. Por todas ellas danzo, siembro, escribo y vivo.


Sobre el Autor


Elianys (Ela) nació en Cuba y se mudó con su familia al este de Quisqueya (República Dominicana) a los cinco años. Actualmente reside en Canadá. Es educadora y bailarina, y dedica gran parte de su tiempo a coordinar programas que combinan educación, cultura, comunidad y justicia. Sus reflexiones y perspectivas están profundamente influenciadas por sus experiencias como mujer negra inmigrante en las Américas.


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